Atrás quedó el frío que pasamos la noche anterior, y tras el reparador descanso, nos despertamos ya en Sábado. Preparamos la mochila con las bolsitas para que Forgetful hiciese su pertinente recogida de tierra por la isla, la cámara de fotos, dos tarjetas de memoria y la nueva batería que compramos. (Por aquello de que no nos ocurriera como nos pasó en el Loro parque. Ver Tenerife Dia 2.)
Nos tomamos el correspondiente desayuno y tomamos rumbo a Icod de los Vinos, la cuna del árbol milenario.
Tras dar un par de vueltas por el pueblo, y tras pagar el precio de la entrada, entramos al parque del Drago, en el que, a parte del famoso árbol, pudimos disfrutar, en compañía de un sinfín de lagartos, de una reconstrucción de un enterramiento guanche en el interior de una cueva, con su momia correspondiente y todo.
Después de la visita de Icod, y tras desechar la idea de pasar al mariposario por las abusivas tarifas que anunciaban, decidimos tomar rumbo al Tanque, donde nos dimo un paseo en Dromedario. (Si, Dromedario, porque tenía sólo una joroba, así que de camello nada, que esos son los que llevan los reyes magos, y tienen dos jorobas.)
Nos tomamos el correspondiente desayuno y tomamos rumbo a Icod de los Vinos, la cuna del árbol milenario.
Tras dar un par de vueltas por el pueblo, y tras pagar el precio de la entrada, entramos al parque del Drago, en el que, a parte del famoso árbol, pudimos disfrutar, en compañía de un sinfín de lagartos, de una reconstrucción de un enterramiento guanche en el interior de una cueva, con su momia correspondiente y todo.
Después de la visita de Icod, y tras desechar la idea de pasar al mariposario por las abusivas tarifas que anunciaban, decidimos tomar rumbo al Tanque, donde nos dimo un paseo en Dromedario. (Si, Dromedario, porque tenía sólo una joroba, así que de camello nada, que esos son los que llevan los reyes magos, y tienen dos jorobas.)
Finalizado el paseo, nos pusimos de nuevo en marcha y visitamos la punta noroeste de la Isla, parando para hacer las fotos de rigor, y para tomarnos un refresco en un puesto que tenía un señor mayor en medio de la nada, entre cortados y barrancos, con la única compañía de un simpático cuervo, a parte de los turistas que le dábamos un poco de conversación.
El señor era bastante simpático e incluso nos prestó sus prismáticos. Unos prismáticos de esos de los que ya no se fabrican, y de los que tienen grandes aventuras entre sus avistamientos pasados.
Atrás dejamos al señor, su amigo el cuervo, su puestecillo y las maravillosas vistas de La Gomera, para bajar por la sinuosa carretera que se veía ante nosotros. No recuerdo ya el nombre del pueblo donde paramos a comer, solo recuerdo que había muchas curvas, que tardamos bastante en encontrarlo y que, una vez allí no había restaurantes, únicamente una marisquería... y a ninguno de los dos nos gusta el marisco. Menos mal que tenía también filetes.
En fin, que tras comer y tomarnos el cafecito de rigor, tomamos rumbo al Puerto de la Cruz, despacito y con buena letra, parando, eso si, en Garachico, el pueblo sepultado por la lava y reconstruido acto seguido. (Bueno, acto seguido no creo, mas bien al enfriarse la lava.)
Un par de fotos después, llegamos al puerto de la cruz, nos dimos una reparadora ducha, bajamos a cenar, y tras las obligadas partidas de billar, nos fuimos a dormir, que el cansancio empezó a hacer acto de presencia.
0 Comentarios:
Publicar un comentario en la entrada